LA TAQUIDA DEL DIABLO (LUIS IBERICO MÁS - CAJAMARCA)

Una dama perteneciente a los distinguidos círculos sociales de Cajamarca y cuya fortuna  encontraba su origen en el en­tierro que su madre había descubierto en la casa que habitaba en la calle Junín, mantenía relaciones sacrílegas con un fraile de la Congregación de San Francisco, por entonces recluida en d Convento de la Recoleta.

Todas las tardes el fraile acudía a la casa de la dama en mención, quien la esperaba lujosamente ataviada y con las ri­cas joyas encontradas por su madre en el entierro. Su casa se hallaba ubicada en la que hoy es quinta cuadra de la calle Apurímac.



Después de algún tiempo en que los amores discurrieron plácidamente, el fraile dejó de ser puntual a las citas vesperti­nas, sumiendo en honda congoja a la fiel amante, quien inclu­so hueco las malas artes de las brujas para conservar el cariño del evasivo religioso, sin conseguir mayores resultados. Tam­poco dieron resultados los valiosos presentes que continuamen­te hacía la dama, ya directamente al fraile o a la misma Con­gregación.

Una de esas tardes, más o menos a la seis, cuando ya ha­bía sonado el Ángelus en la Iglesia de Belén, tocaron (la taquida) fuertemente la puerta de la calle, con el recio aldabón que exornaba la puerta. La dama sobresaltada y anhelante, pues pensaba que el visitante no podía ser otro que su amante, envió a la sirvienta para que hiciera pasar al visitante, mientras ella apresuradamente se acicalaba.

Al poco rato entró la domestica para manifestarle que el visitante era un caballero de apuesta figura, blanco, alto, de po­blada barba y vestido de negro, quien preguntaba por su ama. La señora encomendó a la empleada que hiciera pasar al caba­llero para que la esperara un momento en la sala, más la co­misionada le manifestó que el visitante no había querido pa­sar, diciendo “yo no entro a la casa de ésta”, la señora, presintiendo que se trataba de una persona im­portante, terminó su arreglo personal y cogiendo una santolina de cruz saltó a recibir al extraño caballero, el mismo que nesgándose a pasar luego de las formalidades de la presentación dijo a la señora “tú estás siendo engañada por el cura, pues su amor pertenece a otra mujer mucho más joven, y más bella que tú, y si no quieres creer acompáñame al convento”.

La señora aceptando la insinuación, juntamente con el ex­traño caballero, se dirigió al convento de la Recoleta, atrave­sando toda la Carrera de San Francisco (ahora Amalia Puga) del brazo de su acom­pañante. A! llegar a la Iglesia el caballero le dijo: “ahora vas a ver que el cura se encuentra con otra dama, espérame un mo­mento voy a ver que abran la puerta” y con extraña facilidad trepó por la fachada de la Iglesia y se introdujo al convento. La dama, siguiendo las indicaciones que le diera su acompañante, tocó la puerta la misma que al poco tiempo fue abier­ta, situación que aprovechó la visitante para introducirse con presteza y penetrar a la celda de su amante, en donde compro­bó que efectivamente éste se encontraba en compañía de una mujer joven y muy hermosa, no quedándole más recurso que volver a cerrar estrepitosamente la puerta y salir presurosa del edificio.

El caballero que súbitamente había aparecido a su lado le manifestó: “ahora que ya sabes la verdad vámonos a tu ca­sa”, regresando ambos por el mismo camino. Al llegar a la al­tura de unas tienditas que están ubicadas en la parte de la ac­tual Casa Rosada que queda hacia la calle Amalia Puga, el se­ñor invitó a la dama a comer unos cuyes, para lo cual debe­rían irse a unas picanterías sitas en el lugar en que actual­mente se levanta el barrio del Pueblo Nuevo, negándose la seño­ra a esta invitación, tanto por estar sumamente apenada por la revelación de sus amores traicionados como, según dijo, estar muy lejos el sitio a donde se le había formúlalo la invitación. Ame esta negativa, el acompañante le agarró tan fuertemente el brazo que le arrancó un poco de carne conjuntamente con el vestido, desapareciendo instantáneamente.

Ante tan extraños acontecimientos la señora se desmayó, siendo encontrada por algunos vecinos del lugar y luego trans­portada a su domicilio, Después de algún tiempo logró recupe­rarse de la herida dejada en el brazo por su demoníaco acompañante, así como del desengaño de su infiel amante. Tiempo después esta señora arrepentida de sus sacrílegos amores, que como castigo le habían traído la visita del demonio, dejó todas sus riquezas y vestida de tosco sayal se dedicó a atender a los enfermos de la cruel peste tífica, que Iniciada en Chetilla diez­mó a la población cajamarquina.

La historia es del libro
EL FOLKLORE MAGICO DE CAJAMARCA de LUIS IBERICO MÁS